jueves, 27 de abril de 2017

Charla de Diego Rubiera sobre Cosmología




El pasado 7 de abril tuvo lugar en el Colegio Mayor Rector Peset de Valencia la charla "Cosmología: la Historia de nuestro Universo", organizada por el Grupo de Agujeros Negros Cuánticos, Supergravedad y Cosmología, del Departamento de Física Teórica de la Universitat de València y el IFIC. Impartida por nuestro compañero Diego Rubiera, investigador FCT del Instituto de Astrofísica y Ciencias del Espacio de Lisboa, y enmarcada como acto previo al XII Iberian Cosmology Meeting IberiCOS2017 que tuvo lugar en Valencia unos días después, la charla trató de forma amena aspectos fundamentales de la Cosmología. 


La Cosmología representa el estudio del origen, evolución y destino del universo como un todo y, por tanto, afronta preguntas tan fundamentales como de dónde venimos y hacia dónde vamos. La combinación del armazón teórico que constituye la Teoría de la Relatividad desarrollada por Albert Einstein en el siglo XX, junto con el desarrollo tecnológico y observacional sin precedentes acaecido en las últimas décadas, ha convertido a la Cosmología en una ciencia de alta precisión que está en disposición de ofrecer respuestas parciales a dichas preguntas. En esta charla se trató el camino que nos ha permitido entender la expansión del Universo, la teoría del Big Bang, la formación de galaxias o la energía oscura, así como el lugar que el ser humano ocupa en toda esta imagen. 


Os presentamos aquí el vídeo de la charla, grabada con la inestimable ayuda del Taller de Audiovisuales de la Universitat de València. 


miércoles, 1 de marzo de 2017

Hidrógeno metálico: el contraataque




Como todo en esta vida, una vez el tiempo pasa las noticias son solo recordadas por aquellos a los que ha afectado directamente o indirectamente. Sin embargo, en el mundo científico todo es analizado y revisado concienzudamente hasta probar los puntos débiles de cada trabajo y permitir dar un paso más hacia el conocimiento total de la realidad que nos rodea. En este marco, las suspicacias y animadversiones levantadas por el artículo sobre el descubrimiento del hidrógeno metálico1 y sobre todo, por uno de sus autores, han hecho que todo este proceso se acelere. Recientemente, hablamos en el blog sobre el descubrimiento del hidrógeno metálico (aquí). En él predijimos que se abriría una guerra entre el grupo que proclamó su descubrimiento y el resto de investigadores rivales que han ido tras su búsqueda prácticamente toda su vida. Heridos en el orgullo de no ser ellos los primeros descubridores, empezaron a dar entrevistas a los principales portales científicos destacando los defectos evidentes que tenía el artículo. Nada era hasta entonces muy grave, se basaba sobre todo en no tener una confirmación clara de la fase metálica de este compuesto, y además las respuestas del propio grupo parecían coherentes y concluyentes. Sin embargo, las pequeñas incursiones en territorio enemigo se están convirtiendo por momentos en invasiones armadas y las pequeñas escaramuzas en un ataque con toda la artillería.

La Carnegie Institution for Science tiene uno de los grupos de investigación más renombrados en alta presión, el llamado Geophysical Laboratory. Se juntan allí varios de los más prestigiosos científicos en este campo. Su misión es la exploración de la materia extrema en todos los ámbitos: síntesis, propiedades extraordinarias, biología en condiciones extremas o formación planetaria. Hasta ahora, los esfuerzos de los científicos de este grupo, en lo relativo al hidrógeno, se habían centrado en la síntesis de polihidruros. Estos compuestos son mucho mejores candidatos para tener propiedades superconductoras a temperaturas superiores a la ambiente y presiones muy inferiores a las estudiadas con el hidrógeno. Sin embargo, visto el gran revuelo levantado por este descubrimiento, dos de sus científicos más reseñables han analizado cuidadosamente los resultados expresados por Dias y Silvera.

Gontcharov y Struzhkin2, bien conocidos por sus minuciosos trabajos en el campo de la presión más allá del megabar (>100 GPa), se han puesto manos a la obra para estudiar la publicación de Dias y Silvera. Estos investigadores reclaman que no es tan importante el conseguir la fase metálica del hidrógeno, sino el análisis de las condiciones en las que se alcanza y sus propiedades. Por otro lado, recogen la que parecía ser hasta ahora la principal queja sobre el artículo: cómo saber la presión a la que está la muestra. Como comentamos en la anterior entrada, en el trabajo de Dias y Silvera no se siguió la evolución del pico Raman con la presión sino que se midió exclusivamente cuándo se creía que se estaba a la presión crítica de metalización. Además, esta medida tenía baja calidad y por tanto la presión no era determinada de forma precisa. Esto no invalida la fase metálica del hidrógeno pero sí la presión a la que se produce.

Por otra parte, estos autores destacan el hecho de que hay una total ausencia de pruebas de que el hidrógeno está en la cavidad de presión ya que no se miden ninguna de sus propiedades fundamentales. Por ahora, todo dentro de lo ya contado. Sin embargo, un nuevo y poderoso argumento ha salido a la luz: la corrección de la absorción óptica del diamante a tan altas presiones.

La existencia de la fase metálica del hidrógeno se propuso por el incremento de reflectancia de este en la cavidad de presión a partir de una cierta presión. Para medir ese parámetro óptico se introduce un láser o un haz de luz a través de uno de los diamantes hasta llegar a la muestra y se recoge cuánto vuelve o se refleja, pero el hecho de que tenga que atravesar un diamante implica la corrección de la cantidad de luz que llega al detector. A presiones ambientales, el diamante es totalmente transparente a la luz visible; sin embargo, a presiones tan altas como las que se reclaman en el artículo de Dias y Silvera, hay que aplicar factores de corrección de la absorción óptica del diamante.


Según Gontcharov y Struzhkin, estos factores de corrección fueron aplicados de forma errónea. Para llegar a esta conclusión, se basan en un artículo de Vohra3 donde se analiza la reflectancia del diamante hasta 338 GPa. Extrapolando la evolución observada a la presión crítica propuesta por Dias y Silvera, tenemos que la reflectividad mostrada por la muestra es muchísimo menor que la publicada, lo que implicaría la caída del principal pilar en el que se basa el artículo y por lo tanto, que la fase del hidrógeno que se observa no es en absoluto metálica.


Fig. 1. Reflectancia del hidrógeno a 495 GPa medida por Dias y Silvera1 (circulos llenos-corregidos, circulos abiertos–sin corregir) comparada con la transmitancia del diamante estudiada por Vohra3 – a 230, 257, 311, y 338 GPa. Teniendo en cuenta estos datos y extrapolándolos a 495 GPa, los datos corregidos por esta extrapolación vendrían dados por los triangulos abiertos.


Como los problemas nunca vienen solos, diez días después de la aparición de este “comment” se ha publicado otro de otros autores. En este caso, el archienemigo de Silvera, Eremets (junto a Drozdov4 ), desde Mainz, analizan los puntos débiles del artículo, de una forma más amplia y no tan específica como Gontcharov y Struzhkin, pero sin duda más implacable dado el carácter personal innegable del que se ha impregnado este manuscrito. En este “comment”, Eremets y Drozdov han realizado un concienzudo análisis de cómo se ha medido la presión a través del pico Raman del diamante. Estos autores defienden no solo que la escala usada por Dias y Silvera para la determinación de la presión está equivocada, sino que al no seguir la evolución del pico Raman no se puede estar seguro que el pico medido sea el que se debe seguir para la calibración.

Asimismo, argumentan que si se establece que la presión está mal determinada, el valor de presión coincide con la presión crítica donde observaron un aumento de la conductividad eléctrica y proclamaron que podría ser debido a la fase metálica del hidrógeno5. En su defensa, hay que decir que lo dijeron con la boca pequeña porque no pudieron repetir el experimento, y ahí atacan a otro flanco débil del artículo de Dias y Silvera, la reproducibilidad. Este “comment” continúa sus críticas en el origen de la reflectividad observada. Mientras que Gontcharov y Struzhkin criticaban la corrección de los valores de esta al atravesar el diamante a tan alta presión, Eremets y Drozdov van al origen de la misma proclamando que no se ha demostrado que la alta reflectividad provenga del hidrógeno y no de la alúmina a alta presión o a una reacción del hidrógeno con la alúmina o incluso a una reacción del hidrógeno con el diamante. Incluyen también estos autores los mismos argumentos mostrados por los primeros citando el artículo de Vohra en el mismo contexto que Gontcharov y Struzhkin pero sin llegar a aplicar ninguna extrapolación de la corrección de la reflectancia por el diamante, sino sólo reclamando que no pudieron obtener el mismo valor que aplica Dias y Silvera. En su defensa hay que decir que han citado el “comment” de Gontcharov y Struzhkin.


Fig. 2. Muestra de hidrógeno a 337 GPa (fila de arriba) y a 380 GPa (debajo) combinado con 170K. Las imágenes fueron tomadas con luz reflectada, transmitida y una combinación de ambas. 


La guerra ha empezado. A la agresión inicial de proclamar conquistado el territorio del hidrógeno metálico, los aliados han respondido usando artillería pesada contra los rebeldes. Habrá que esperar la respuesta de éstos y ver quién gana la guerra, que podemos pensar que llegue en forma de premio Nobel. O no. 


Texto escrito por Juan Ángel Sans (@tresse77).


[1] R.P. Dias, I.F. Silvera. Observation of the Wigner-Huntington transition to metallic hydrogen. Science. DOI 10.1126/science.aal1579 (2017).
[2] A. F. Gontcharov y V. V. Struzhkin. Comment on Observation of the Wigner-Huntington transition to metallic hydrogen. arXiv:1702.04246.
[3] Y.K. Vohra. Isotopically pure diamond anvil for ultrahigh pressure research. Proceedings of the XIII AIRAPT International Conference on High Pressure Science and Technology (1991, Bangalore, India, 1991). (1991).
[4] M.I. Eremets y A. P. Drozdov. Comments on the claimed observation of the Wigner-Huntington Transition to Metallic Hydrogen. arXiv:1702.05125.
[5] M. I. Eremets, I. A. Troyan y A. P. Drozdov. Low temperature phase diagram of hydrogen at pressures up to 380 GPa. A possible metallic phase at 360 GPa and 200 K. arXiv:1601.04479



miércoles, 8 de febrero de 2017

Poniendo barreras a las cataratas



Uno de los problemas más comunes que aparecen con la edad son las cataratas. Cualquiera de nosotros seguro que conoce un familiar que ha sufrido esta afección. La catarata senil es una opacificación del cristalino del ojo que afecta a la función visual, reduciendo la agudeza visual y la sensibilidad al contraste como consecuencia de la dispersión (scattering). En 1995, la Organización Mundial de la Salud estimó que la causa del 50% de los casos de ceguera mundial, unos 17 millones de personas, eran las cataratas. El único tratamiento que existe en la actualidad es la extracción del cristalino cataratoso y su sustitución por una lente intraocular (LIO) que permite restablecer la visión.  





Se puede recurrir a dos tipos de soluciones: la implantación de LIOs monofocales calculadas para compensar sólo la visión de lejos del paciente o bien la implantación de lentes intraoculares multifocales (LIOMs) que proporcionan la posibilidad de buena visión, tanto de lejos, como de cerca.



La primera cirugía de cataratas con implantación de LIO fue realizada en 1949 por el cirujano inglés Harold Ridley después de la Segunda Guerra Mundial. Tras observar como los pilotos de combate toleraban sin dificultades las heridas de fragmentos de las cabinas, hechas de plástico rígido tipo polimetilmetracrilato (PMMA) incrustados en el ojo, diseñó una lente de este mismo material biocompatible. Pero la LIO diseñada proporcionaba poca estabilidad y era necesaria una gran incisión para su implantación. Consiguió mejorar el primer diseño y en los 12 años siguientes implantó más de 1000 lentes. Pese al elevado porcentaje de éxito, fue criticado duramente por los oftalmólogos de la época. Es a mediados de los ochenta cuando las LIOs se popularizan.




Desde entonces se han desarrollado multitud de diseños monofocales cuyo objetivo además de proporcionar la potencia esférica adecuada, para corregir los errores refractivos tales como miopía, hipermetropía y astigmatismo, fue el de compensar aberraciones de orden superior de la córnea, como la aberración esférica y el coma. Las aberraciones son distorsiones que sufre el ojo y que degradan la calidad de imagen. La aberración esférica es una de las de mayor importancia que ocurre con pupilas grandes (condiciones de poca iluminación - visión nocturna) debido que la luz que pasa por la periferia no enfoca en el mismo foco que la luz que viaja por el centro del sistema óptico. 

Sin embargo, las LIOs monofocales permiten una buena visión de lejos, pero la visión de cerca conseguida es borrosa y son necesarias gafas para poder leer. Para suplir esa deficiencia recientemente se han diseñado las LIOs multifocales que permiten una buena visión tanto de lejos como de cerca sin necesidad de usar gafas para todo tipo de tareas. Existen diferentes tipos de LIOs multifocales atendiendo a su diseño: diseños refractivos y difractivos. 

Los diseños refractivos se caracterizan por estar formados por círculos concéntricos de diferentes potencias que proporcionan visión tanto de lejos como de cerca. El principal inconveniente que presenta este tipo de diseños es que son pupilo-dependientes, es decir, para pupilas pequeñas (mucha luz) la luz incide sólo en la zona central de la lente destinada a visión de lejos; en cambio para visión escotópica o poca luz (mayor tamaño de pupila) la luz es distribuida por las diferentes zonas que componen la lente.




Las LIOs difractivas poseen unos escalones tallados en una de las superficies que forman una red de difracción y permiten dirigir los rayos de luz a dos focos distintos al mismo tiempo, uno para visión de lejos (orden 0) y otro para visión de cerca (orden 1). El principal inconveniente que presenta este tipo de lentes es que pueden causar deslumbramientos o halos por la noche.




Por otra parte, los avances en nuevos materiales, como la silicona y los acrílicos permitieron la cirugía de microincisión, ya que las lentes pueden ser insertadas en el ojo estando plegadas y a través de una menor incisión (alrededor de 1.8 mm), permitiendo un menor tiempo de post-operatorio y una cicatrización de la incisión corneal mucho más rápida. 

A todo lo comentado anteriormente, hay que sumar que se han hecho aportaciones para mejorar la técnica e instrumentación hasta llegar a la facoemulsificación, que hoy se práctica y que es el método más avanzado para el tratamiento de las cataratas. La facoemulsificación consiste en la utilización de ultrasonidos para romper y extraer el cristalino cataratoso y sustituirlo por una LIO. La cirugía de cataratas es una técnica fácil, segura y rápida y ha mejorado la vida de millones de personas en todo el mundo. Existen muchas posibilidades para mejorar la calidad visual tras la operación pero es necesario analizar qué es lo que más le conviene a un determinado paciente en función de su vida y sus expectativas. 


Texto de Laura Remón Martín, Doctora en Físicas y profesora ayudante doctor en la Universidad de Zaragoza.


lunes, 30 de enero de 2017

Hidrógeno metálico: realidad o ficción


En el mundo de las altas presiones hay un objetivo que se ha perseguido durante mucho tiempo: la metalización del hidrógeno. En este campo, la fase metálica de este material ha sido considerada como el santo grial. Los grupos más poderosos dedican enconados esfuerzos por alcanzarlo, rozándolo con los dedos en algunas ocasiones y fracasando estrepitosamente en otras. Los grupos de Gregoryanz en Escocia, Eremets en Alemania, Loubeyre en Francia o Silvera y Hemley en Estados Unidos llevan muchísimos años sometiendo al hidrógeno a presiones brutales para detectar una pista que indique que el hidrógeno es metálico. También su búsqueda ha abierto nuevos caminos que hasta ahora nadie se había planteado, como por ejemplo el estudio de polihidruros y sus propiedades superconductoras. Pero vamos a empezar desde el principio.


Figura tomada de chemistryworld.com

Todo comenzó en 1935, cuando Wigner y Huntington1 analizando los efectos de las altas presiones en el hidrógeno predijeron la posible metalización de este en forma de sólido monoatómico tipo alcalino-metálico. Desde entonces la metalización de este elemento ha sido considerada como una de las fronteras de la ciencia con implicaciones en multitud de campos diversos. En astrofísica, el descubrimiento de hidrógeno metálico podría permitir reproducir las condiciones de los núcleos de muchos planetas como Júpiter o Saturno, y las características especiales observadas en planetas extrasolares descubiertos recientemente. Por otro lado, la producción de hidrógeno metálico podría revolucionar los viajes espaciales, algo que ya ha sido discutido en una más que interesante entrada realizada por Daniel Marín (aquí), debido a que este material es 12 veces más denso que el hidrógeno gas y puede liberar 20 veces su energía al quemarse con oxígeno, produciendo solo agua como residuo de la combustión. Si esto no fuese suficiente, Ashcroft2 en 1968 predijo el comportamiento superconductor del hidrógeno metálico a altas temperaturas. El hidrógeno metálico al tener una masa atómica pequeña se postula para tener un acoplamiento electrón-fonón muy fuerte y una gran densidad de estados en el nivel de Fermi. Todas estas características hacen que el hidrógeno metálico sea un estupendo candidato para exhibir propiedades superconductoras según la teoría de Bardeen-Cooper-Schrieffer (BCS).

Los primeros trabajos experimentales en los años 70 vinieron lastrados por la incapacidad técnica de alcanzar presiones más allá del Megabar (100 GPa o lo que es lo mismo 1 millón de veces la presión atmosférica) en régimen estático. De los primeros científicos en darse cuenta de la importancia de esta fase metálica del hidrógeno hay que destacar el esfuerzo del Prof. Ashcroft; también vieron la luz los primeros trabajos del Prof. Silvera.

En los últimos años, con la mejora de las celdas de yunques de diamante que permiten el acceso a presiones cada vez más altas, esta lucha se ha recrudecido. Los enfrentamientos entre algunos de los jefes de los principales grupos de investigación han sido evidentes en todos los congresos en los que coincidían y han rozado en algún caso el mal gusto. Aún se puede sentir esa animadversión en los comentarios que se han hecho públicamente al trabajo de Dias y Silvera. Volviendo al apartado técnico, no solo es necesario que se pueda aplicar suficiente fuerza a los diamantes sino que estos resistan esos gradientes de presión. Actualmente, se realizan tratamientos en los diamantes para que no tengan el más mínimo defecto y se puedan alcanzar los 4-5 megabares sin necesidad de una segunda etapa, aunque no sin problemas. El hecho de alcanzar una presión tan alta conlleva unos problemas asociados, más si cabe en el estudio del hidrógeno. El hidrógeno, al ser tan pequeño, se difunde a través de los diamantes a altas presiones y se cuela entre los enlaces de carbono volviéndolos extraordinariamente débiles; cuando el hidrógeno se mete dentro del diamante, se crean unas diferencias de presión en su interior que producen su rotura.


¿Cómo resolvieron Dias y Silvera3 este problema en su trabajo reciente? Primero usaron diamantes sintéticos con menos propensión a tener defectos que los naturales, y además fueron pulidos para evitar las típicas impurezas de las zonas superficiales. Para evitar la difusión del hidrógeno, se depositó una capa de alúmina sobre la culata del diamante y los mantuvieron siempre a temperaturas por debajo de los 80 kelvin. Fueron alineados perfectamente uno frente a otro y no se expusieron a ningún láser hasta la hora de la medida.

Respecto a la identificación de la fase metálica, se hizo con una técnica simple que es el objeto de muchas de las críticas de las que ha sido objeto el trabajo, y es la reflectividad óptica de un láser sobre la muestra. Los autores observan que la reflectancia a una presión de 495 GPa es de 0.91, un valor muy cercano a la reflectancia obtenida en un metal. El espectro de la reflectrividad en función de la longitud de onda permitió mediante el modelo de Drude estimar el número de portadores de la muestra a través de la medida de la frecuencia de plasma. La concentración de electrones por unidad de volumen resultó ser tan elevado como se espera de un metal (mas de 1023 cm-3). Hay que destacar que todas estas medidas fueron realizadas a baja temperatura (5.5 Kelvin).


Figura tomada de la referencia 3


¿Qué peros se pueden poner a este trabajo que parece reclamar el descubrimiento definitivo de la fase metálica del hidrógeno? En primer lugar, tanto Eremets como Gregoryanz se quejan del método utilizado para calcular la presión a la que está el hidrógeno. Cierto es que normalmente la presión a estos niveles se calcula gracias al pico Raman del propio diamante; sin embargo, en este trabajo esto no se mide en todo el experimento hasta la última medida, la que proclama la fase metálica del hidrógeno. Durante el proceso intermedio, Silvera usa un sistema al menos cuestionable, como es apretar unos tornillos y suponer que la presión en la muestra es la misma que la de otros experimentos realizados anteriormente con la misma celda pero con distintos diamantes.

Figura tomada de la referencia 3


Otro pero es la falta de medidas de sus propiedades eléctricas. Su medición sería definitiva para poder concluir que lo que hay entre los dos diamantes es sin duda alguna una fase metálica pero aún más, no se sabe si es sólido ni si cristaliza en la misma fase predicha por los cálculos teóricos. No debería ser muy difícil que cualquier sincrotrón del mundo se ofreciese voluntario para hacer una rápida medición de difracción de rayos X, ya que la muestra sigue confinada en la celda de diamante para exposición pública en el laboratorio de Silvera en la Universidad de Harvard. Por último, se echa en falta la repetitividad del experimento; se sabe que se está en la frontera de la ciencia y la técnica, por lo que hay que intentar repetir al menos una vez el experimento para asegurarse que las condiciones son reproducibles y no estamos ante un resultado espurio.

En definitiva, ¿se ha encontrado la fase metálica del hidrógeno? Parece que sí y es el trabajo más completo acerca de esta búsqueda que se ha publicado hasta ahora. ¿Este trabajo es absolutamente definitivo? No, y además estoy seguro que otros grupos trabajarán arduamente para refutarlo. Señores y señoras, preparen las palomitas porque esto no ha acabo aquí. Se lo aseguro, empieza la guerra.

Texto escrito por Juan Ángel Sans (@tresse77).



1 E. Wigner and H. B. Huntington. “On the Possibility of a Metallic Modification of Hydrogen” J. Chem. Phys. 3, 764 (1935); http://aip.scitation.org/doi/abs/10.1063/1.1749590
2 N. W.Ashcroft. “Metallic Hydrogen: A High-Temperature Superconductor?” Phys. Rev. Lett. 21, 1748 (1968): http://journals.aps.org/prl/abstract/10.1103/PhysRevLett.21.1748

3 R. P. Dias and I. F. Silvera. “Observation of the Wigner-Huntington transition to metallic hydrogen” 10.1126/science.aal1579 (2017);

viernes, 20 de enero de 2017

Agujeros negros y ondas gravitacionales


El 11 de Febrero de 2016 se anunció la primera detección directa de ondas gravitacionales. Los dos detectores del experimento LIGO, situados en Livingston y Hanford (EEUU), respectivamente, reportaron un evento de colisión entre dos agujeros negros de 29 y 36 masas solares, respectivamente, situados a una distancia de unos 1.300 millones de años luz (en comparación, el diámetro medio de la Vía Láctea es de unos 100.000 años luz). La magnitud de la explosión cósmica es tal que, durante un período de una décima de segundo, se liberó una potencia unas 50 veces superior a la de todo el Universo junto. 
¿Cómo sabemos todo esto? ¡El propio Einstein pensaba que no era posible! Las razones hay que buscarlas en los enormes progresos tecnológicos y teóricos acaecidos durante las últimas décadas, así como en el establecimiento de enormes redes de colaboración y esfuerzo coordinado a nivel internacional. El marco teórico corresponde a la Relatividad General, desarrollado casi en solitario por Albert Einstein entre los años 1905 y 1916, el cual vino a reemplazar la idea de Isaac Newton de que la gravedad era una fuerza que ``tira” de nosotros, por una interpretación de la gravedad como un efecto geométrico: la materia/energía curvan el espacio y el tiempo y el movimiento que experimentan los cuerpos en dichos espacio y tiempo curvados se siente como una fuerza gravitatoria; en palabras de John Wheeler: ``la materia le dice al espacio-tiempo como debe curvarse, la curvatura del espacio-tiempo le dice a la materia como debe moverse”. Cuando se pregunta a la Naturaleza, a través de experimentos, si es Newton o Einstein quién está acertado, esta nos responde que el segundo. Sirvan como ejemplo la explicación del perihelio de Mercurio, o las predicciones de la curvatura de la luz al pasar por las cercanías de un objeto muy masivo (por ejemplo el Sol), el corrimiento al rojo gravitacional, o el movimiento de púlsares binarios.

Agujeros negros y sus sorprendentes propiedades

Las ondas gravitacionales son otra predicción de la Relatividad General que, sin embargo, aún no había sido testada. En esencia, la naturaleza dinámica del espacio y el tiempo en la teoría de Einstein hacen que, cuando un objeto masivo se mueve, se generen perturbaciones en la estructura del espacio-tiempo, las cuales se propagan a la velocidad de la luz. Sin embargo, dichas perturbaciones son extremadamente débiles, lo cual explica que, un siglo después de su predicción, aún no hubieran sido detectadas. En este sentido, hace años que los astrofísicos habían llegado a la conclusión de que la mejor oportunidad para detectarlas residía en estudiar pares de agujeros negros.




El concepto de un cuerpo tan denso que ni siquiera la luz puede escapar de él fue ya descrito en una etapa tan temprana como 1783 en una comunicación a la Royal Society por un geólogo inglés llamado John Michell. Su idea consistía en llevar el concepto de velocidad de escape al límite, de tal modo que ningún objeto, por muy rápido que se pudiera mover, podría escapar de dicho cuerpo denso. Debido al limitado conocimiento empírico de la época, dicho concepto fue desechado como una curiosidad. Sin embargo, el concepto renació en 1916 cuando, recién salida de imprenta la Relatividad General, Karl Schwarzschild encontró una solución matemática de dicha teoría que permitía la existencia de un cuerpo supermasivo y tan concentrado que su velocidad de escape sería mayor que la de la luz. Como la teoría de la Relatividad (Especial) impone que ningún objeto físico puede moverse a mayor velocidad que la de la luz, nada podría escapar de dichos cuerpos: el concepto de agujero negro (acuñado por John Wheeler en 1969) hacía acto de aparición en la teoría de Einstein.
Ahora bien, ¿Cómo sabemos que los agujeros negros son reales y no un mero truco matemático? Utilizando los extensos conocimientos empíricos acumulados durante décadas, así como poderosos métodos de física nuclear, los astrofísicos creen conocer con bastante exactitud el proceso de nacimiento, vida y muerte de las estrellas. Cuando estas son muy masivas, su etapa final termina ``a lo grande”, con una explosión en forma de supernova durante la cual su luminosidad crece hasta superar, durante unos pocos días, la de toda la galaxia por completo en la cual está ubicada. Pero aún más interesante es el hecho de que, si la masa del remanente de la explosión de supernova es lo suficientemente grande (unas 2,5 masas solares), ningún mecanismo conocido en la Física puede impedir que el destino final de dicho remanente sea colapsar para formar un agujero negro.




 Ahora bien, todo esto no implica que los agujeros negros existan de verdad. ¿Cómo podemos ver un objeto que no emite luz? La mejor oportunidad es utilizar el hecho de que la mayor parte de las estrellas en el Universo son en realidad sistemas binarios: dos estrellas, con diferentes masas y etapas vitales, orbitando alrededor del centro de masas del sistema. Supongamos que una de ellas se ha convertido en un agujero negro. Lo que sucede a continuación es que, debido a su intenso campo gravitatorio, empieza a absorber parte del material de su compañera (la canibaliza). Sin embargo, hay que recordar que el agujero negro es, en realidad, un objeto muy pequeño, de tal manera que el material atraído no puede ser tragado inmediatamente por este. De tal modo que dicho material se arremolina en un disco alrededor del agujero negro y se calienta hasta temperaturas increíbles. Hasta tal punto, que la interacción de dicho material hace que parte se eyecte transversalmente al disco a velocidades cercanas a las de la luz. Si un telescopio en la Tierra está, por fortuna, alineado con dicho material eyectado, lo que se observa es que desde una zona del espacio donde no ve ningún objeto (porque, recordemos, el agujero negro no emite luz), pero del cual sin embargo uno puede calcular su masa (a través de las perturbaciones gravitacionales sobre su estrella compañera), llegan enormes cantidades de energía en forma de partículas a casi la velocidad de la luz. El único objeto compatible con dicho suceso es, precisamente, un agujero negro, y este método se ha convertido en una herramienta rutinaria para ``detectar” decenas de agujeros negros (Cygnux X-1, en 1964, fue el primero).

A la caza de ondas gravitacionales

Evidencias indirectas de la existencia de ondas gravitacionales ya se habían recopilado en el año 1974, con la observación del púlsar binario PSR B1913+16. Dichos púlsares se corresponden con dos estrellas de neutrones en rotación una alrededor de la otra, y acompañados de un campo magnético muy intenso. La Relatividad General nos dice que dicho sistema debe perder energía de forma progresiva vía emisión de ondas gravitacionales y que, consecuentemente, se debería observar una disminución progresiva del periodo de rotación del púlsar doble…¡y esto es exactamente lo que se observa al comparar observación con predicción teórica con una concordancia total! No obstante, esto aún no representa una observación directa de ondas gravitacionales.
Es en este momento cuando entra en escena el detector LIGO (``Laser Interferometry Gravitational Wave Observatory”). Los culpables de este experimento son muchos, donde podemos destacar la idea original por parte de Rainer Weiss (MIT, 1967) y los estudios teóricos detallados para dar forma a esta idea por parte de Kip Thorne (Caltech, 1968). Desde los años 80 numerosos prototipos, que verificaban la viabilidad del diseño, fueron propuestos para su financiación, la cual fue aprobada en los años 90. Finalmente el detector LIGO entró en pleno funcionamiento a mediados de la década de 2000.
El núcleo principal de LIGO lo conforma un interferómetro, dos brazos en forma de L, cada uno de unos 4 kms de longitud. Desde una fuente se emite un láser, el cual es dividido en un espejo en dos hacia cada uno de los dos brazos, de tal manera que, al llegar al final de cada uno de ellos, es reflejado para volver a recombinarse en el espejo inicial. Dado que la luz es una onda, si la distancia de los dos brazos es exactamente la misma, los picos y valles de cada uno de los dos láseres interferirán de manera destructiva de tal manera que un fotodetector situado en el espejo divisor no detectará ninguna señal lumínica. El objetivo de LIGO pasa por lo siguiente: si en cualquier momento una onda gravitacional atraviesa el aparato experimental, la perturbación que genera en la estructura del espacio y el tiempo hará que la longitud de uno de los dos brazos se acorte ligeramente, mientras que el otro se alargará. En ese momento, dado que la distancia que el láser recorrerá en cada uno de los brazos será diferente, la interferencia ya no será completamente destructiva al llegar al fotodetector, el cual será capaz, en principio, de detectar una pequeña cantidad de luz. El hecho de que LIGO tenga dos detectores, uno en Hanford y otro en Livingston, separados por una distancia de unos 3000 km, ayuda a determinar la procedencia de la señal de ondas gravitacionales.
¿Cómo de pequeña es la señal? Los cálculos teóricos indican que es extremadamente débil…¡una parte en 10^21! (unas mil veces más pequeña que el radio de un protón). Es tan débil que efectos tan cotidianos como el tráfico, microterremotos o el ruido término es millones de veces más intenso que la señal que queremos detectar y, por tanto, nuestro detector sería incapaz de distinguir la onda gravitacional del ruido ambiente. Afortunadamente, el trabajo colectivo de ingenieros, experimentales y teóricos consiguieron un logro de la ingeniería moderna al reducir el ruido ambiental por debajo de la sensibilidad de LIGO. Las puertas a la detección de ondas gravitacionales estaban, pues, abiertas, y un primer evento se registró el 14 de Septiembre de 2015.
No obstante, la detección necesita ser interpretada: lo que se buscaba es una señal procedente de la fusión de dos agujeros negros, para así aumentar su amplitud. El estudio de dicha fusión requiere de métodos numéricos avanzados para resolver las ecuaciones de la Relatividad General de Einstein mientras que, a su vez, el progreso de la implementación de métodos computacionales permite la detección, filtrado, y estadística sobre la señal observada. Los modelos teóricos predicen que dicha fusión pasa por tres fases: una de aproximación (inspiral) donde los dos agujeros negros rotan el uno alrededor del otro sin perder su identidad, otra de fusión (merger) donde los agujeros negros alteran significativamente su forma, y una final (ringdown) donde los dos agujeros se han fusionado en uno nuevo, liberando en el proceso grandes cantidades de ondas gravitacionales con una señal muy particular…¡que encaja precisamente con lo que los nodos de Hanford y Livingston del detector LIGO midieron!.





El presente y futuro de la astronomía moderna

La detección de las ondas gravitacionales por LIGO representa el primer paso en una nueva época en la astronomía moderna. Hasta ahora nuestro conocimiento del Universo provenía del estudio del espectro electromagnético (radio, microondas, infrarrojo, visible, ultravioleta, rayos X, rayos gamma), así como de otras fuentes adicionales tales como neutrinos o rayos cósmicos. Sin embargo, existen limitaciones inherentes de la interacción electromagnética, tales como el apantallamiento debido a nubes de polvo y gas, o la imposibilidad de observar más allá de unos 380.000 después del Big Bang debido la opacidad del Universo en aquella época. Sin embargo, la astronomía de ondas gravitacionales está libre de tales limitaciones y podrá llegar más allá de donde la electromagnética no puede, y ayudar a entender mejor el Big Bang, enanas blancas, púlsares, agujeros negros, materia y energía oscura…¡e incluso testear con mayor precisión la teoría de la Relatividad General de Einstein así como teorías de gravitación alternativas a esta! A parte de LISA, otros detectores de ondas gravitacionales están en construcción o en fase de planificación. Es, sin duda, una época apasionante para ser astrofísico.


Texto de Diego Rubiera García (@rubieradiego), Investigador FCT del Instituto de Astrofísica y Ciencias del Espacio de Lisboa. 

viernes, 13 de enero de 2017

Teoría de cuerdas: viva y coleando



El dominio del espacio aéreo fue uno de los factores clave que acabarían decantado la victoria del lado de los Aliados en la II Guerra Mundial. Nunca en ningún conflicto humano tantos debieron tanto a tan pocos, dijo Winston Churchill para alabar la labor de la Real Fuerza Aérea británica en la Batalla de Gran Bretaña, la defensa de la isla ante la amenaza real de una invasión tras la casi total ocupación del continente por la Wehrmacht. Otro factor determinante para poner punto y final a la guerra, en el Frente del Pacífico, fue la decisión de Truman de arrojar sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. La participación de la comunidad científica en el esfuerzo de guerra, y en especial de los físicos en el Proyecto Manhattan que diseñaría esas bombas, es aún objeto de controversia incluso en nuestros días.



Hace unos diez años, los físicos estaban, de nuevo, en estado de guerra. Esta vez la guerra era, afortunadamente, dialéctica y, en principio, tan solo de carácter científico. La teoría de cuerdas llevaba ya más de treinta años en el candelero. Ninguna de sus predicciones se había comprobado experimentalmente y, según argumentaban los críticos, quizá nunca lo serían. La teoría de cuerdas parecía carecer de refutabilidad y, por tanto, ni siquiera debería ser calificada de teoría científica; sería todo lo contrario: una pseudociencia o, en el mejor de los casos, un pasatiempo matemático. Una célebre frase de Wolfgang Pauli, en la que desdeñaba cierta teoría refiriéndose a ella como “ni siquiera incorrecta”, se rescató para calificar así a la teoría de cuerdas. Un blog  critico surgió con ese nombre. Libros con títulos como El problema de la física se publicaron ilustrando la inutilidad de la teoría.

La guerra, como señalábamos arriba era en principio solo de carácter científico. No obstante, trascendía algo más: una batalla de influencia por el control de fondos públicos destinados a investigación. ¿Deberían las agencias de financiación de la ciencia matar la teoría de cuerdas mediante una expeditiva estrangulación presupuestaria? Por aquel entonces yo andaba, recién doctorado, de postdoc en el Imperial College de Londres, una de las plazas fuertes de la teoría de cuerdas. Recuerdo a Mike Duff, eminente cuerdista en Imperial, lamentarse amargamente de que eso podría ya por aquel entonces estar empezando a pasar. Según argumentaba Duff, la sobredifusión mediática que los críticos estaban recibiendo podría haber sido la causa del anuncio del EPSRC (una de las agencias británicas de financiación de investigación) de recortes en su programa de física matemática. Estamos hablando de recortes antes de los famosos recortes de ahora.

 
Michael Duff. Uno de ellos es físico teórico. ¿Cuál?

Aquellos episodios se han venido a conocer en el mundillo físico-teórico como las Guerras de las Cuerdas (String Wars). Aunque las hostilidades no han cesado del todo, con blogs defendiendo una  u otra postura intercambiando fuego de vez en cuando, sí es cierto que, en general, se ha rebajado el tono. Estamos, acaso, ante una guerra de salón, una phoney war. Y ello es sin duda debido a que, a pesar de todo lo escrito contra ella, la teoría de cuerdas sigue gozando de envidiable salud.





Estos días anteriores, sin embargo, hemos presenciado un remake en español de aquella Guerra de las cuerdas, que nos ha cogido con el pie cambiado. Arturo Quirantes, autor del blog El profe de física, ha lanzado una diatriba desde Cuaderno de cultura científica que nos informa del “ocaso de la teoría de cuerdas”. Los que trabajamos en esta teoría hemos llegado ahora a comprender la mayúscula sorpresa de Mark Twain al leer su obituario y conocer así, por la prensa, la noticia de su propia muerte. Afortunadamente podemos salir al paso, como Twain, de semejante contrariedad: todo apunta a que las noticias que Quirantes trae sobre la muerte de la teoría de cuerdas “son desmesuradamente exageradas”.

Los comentarios de Quirantes ya han recibido la certera respuesta de Enrique Fernández Borja en Cuentos Cuánticos. Aquí, en LA FÍSICA DEL GREL, hemos iniciado una serie de posts (aquí y aquí en especial, aunque también aquí) sobre unificación, que nos conducirán a describir más detalladamente la teoría de cuerdas. Entraremos en materia en sucesivos posts. Mientras tanto, movidos por el afán de ofrecer al público una visión alternativa sin catastrofismos, y sin el menor ánimo de reeditar en español una futil Guerra de las Cuerdas, sí creemos pertinente contestar someramente desde nuestro blog a las críticas.

Tanto es que pretendemos evitar toda confrontación que comenzamos con lo que a nadie en los debates tan de moda en prime time televisivo se le pasaría por la cabeza: una sincera autocrítica. Tampoco es ningún mérito, dicho sea de paso, empezar así para el que esto escribe. Salvo por pequeñajos que, ay, nos dan la tabarra nocturna, mi generación duerme muy bien por las noches sabiéndose libre del pecado que pasamos a confesar.

Según me cuentan mis mayores, pues mis intereses científicos en aquella época se limitaban a los prescritos para la EGB y el BUP por las autoridades educativas competentes, durante los años ochenta y noventa, la época en la que se cimentaron los pilares de la teoría de cuerdas, hubo una desmesurada sobrevaloración de objetivos. Imperaba una sensación de euforia y se pensaba que la teoría de cuerdas sería capaz de reproducir la física de altas energías conocida, así como de describir cuánticamente la gravitación en unos pocos años. No en vano, había quien se refería a las cuerdas como la “Teoría del Todo”, mediático amén de pretencioso nombre que seguramente llenaba a la realeza del ramo, como a la otra, de gran orgullo y satisfacción. Hoy, sin embargo, me atrevería a decir que incluso los más acérrimos defensores de la teoría de cuerdas reconocen que todo aquello fue una gran sobreactuación. Podríamos incluso decir que aquel fenómeno pudo ser el equivalente científico de una burbuja financiera. Muchas de las críticas a la teoría de cuerdas, incluidas la mayoría de las de Quirantes en su post, realmente no pasan de ser una reacción superficial a esa sobrexposición.

Burbujas científicas las ha habido con anterioridad en ciencia en general y en física, la rama que nos ocupa, en particular. Mencionaré dos que son, de hecho, similares a la burbuja de los ochenta y noventa en teoría de cuerdas. A finales del siglo XIX, con la teoría de Newton de la gravitación completamente desarrollada y con las ecuaciones de Maxwell del electromagnetismo recién escritas, se dieron las condiciones para la formación de una gran burbuja. Cuajó la idea de que en Física estaba ya todo hecho. El único trabajo que quedaba por hacer era añadir decimales a las mediciones de constantes y cantidades físicas, medirlas con más precisión. ¿Que la órbita de Mercurio no terminaba de cuadrar con la ley gravitatoria de Newton del inverso del cuadrado? Menudencias. ¿Que las leyes en boga daban resultados absurdos, a alta energía, para la radiación de cuerpo negro? Ya se arreglaría el asunto sin mayores sobresaltos. La burbuja decimonónica estalló por todo lo alto cuando, ni bien entrado el siglo XX, la Relatividad General y la Teoría Cuántica pusieron la física patas arriba. Hasta nuestros días.



Con cuerdas también se pueden hacer burbujas muy grandes.


A mediados del siglo XX se desarrolló otra burbuja. La teoría cuántica y la relatividad especial de principios de siglo se habían desarrollado enormemente, y su combinación había dado lugar a la llamada teoría cuántica de campos. Se sabía que la teoría de Maxwell del electromagnetismo, aun siendo clásica, se amoldaba a la relatividad especial. La teoría cuántica de campos era, pues, la herramienta perfecta para estudiar la cuantización del electromagnetismo. Y efectivamente, la teoría cuántica resultante, llamada Electrodinámica Cuántica, proporcionaba resultados espectaculares, con fastuoso acuerdo de hasta muchas cifras decimales entre cantidades calculadas mediante la teoría y medidas experimentalmente. El trabajo de físicos como Richard Feynman fue determinante para ello. Feynman introdujo sus famosos diagramas, el método que permitió realizar tales cálculos. Así pues, pronto se extendió la delirante idea de que todo en teoría cuántica de campos se reducía al cálculo de diagramas de Feynman y, salvo cálculos más o menos engorrosos, estaba ya todo hecho. Sin embargo, cuando se hicieron patentes los fenómenos no-perturbativos en teoría de campos, imposibles de abordar por esos métodos, la burbuja inevitablemente estalló. Por ejemplo, a acoplamiento fuerte, tiene poco sentido calcular procesos entre quarks y gluones (de las que ya hemos hablado aquí) mediante diagramas de Feynman.

Es indudable que estas burbujas, tanto en ciencia como en economía, son producto de la naturaleza humana. Ahora bien, si las burbujas financieras tienen las devastadoras consecuencias que lamentablemente conocemos y padecemos, en ciencia siempre parecen dejar algo positivo. Por un lado, el conocimiento acumulado durante la burbuja no tiene por qué ser incorrecto. La teoría de Newton y la teoría de Maxwell no son incorrectas. Lo que sucede es que se ven englobadas, como límites, en teorías más precisas. Los diagramas de Feynman no son incorrectos, tan solo tienen sus límites de aplicabilidad. Por otro lado, el estallido de las burbujas suele dejar un terreno fértil para la exploración: la física de agujeros negros, de ondas gravitacionales o la cromodinámica cuántica serían imposibles sin desarrollos anteriores.

Es generalizado el convencimiento de que todo esto aplica, también, a la teoría de cuerdas. Nadie que se dedique a investigación en cuerdas hoy en día piensa seriamente en la teoría de cuerdas como una “Teoría del Todo”, a pesar de que los críticos insistan en abundar en el tópico. Esto no quita para que el desarrollo formal de la teoría invoque, como hacemos desde este blog, ideas de unificación que tan provechosas se han demostrado en física. Dada la experiencia con situaciones como las descritas arriba, no creo que nadie en el campo esté muy preocupado con que la teoría de cuerdas, ahora, después de la burbuja, pueda ser incorrecta. Ni qué decir tiene que, los que nos dedicamos a ella, pensamos que es correcta, a pesar de todas las dificultades experimentales que entraña dilucidar tal cuestión. En el peor de los casos, pensamos, la teoría se amoldará a otra “más correcta”, como en situaciones anteriores.

Quirantes traza un paralelismo entre la teoría de cuerdas y los epiciclos ptolemaicos que induce a error. Como describe Steven Weinberg en su reciente libro Explicar el mundo, la adición de más y más epiciclos a la teoría geocéntrica es un problema de fine tuning. Algo anda mal en una teoría cuando se le han de añadir ornamentaciones más y más barrocas para hacerla cuadrar, en frágil equilibrio, con los datos experimentales. El caso de la cada vez mayor complicación en teoría de cuerdas, desde su humilde suposición fundacional de que los constituyentes básicos de la materia son objetos unidimensionales en vez de partículas, hasta la sofisticada teoría que conocemos hoy, es bien distinto. La complicación, por ejemplo, de tener cinco teorías de cuerdas no busca realizar, como los epiciclos, ajustes artificiales. Por contra, se trata del mismo efecto que el descrito arriba en relación con la teoría cuántica de campos: cada vez conocemos mejor la teoría y sus sectores perturbativos (donde podemos usar métodos como los de Feynmann) y no-perturbativos. Que a uno le parezcan extraños nombres como “cuerda tipo I” o “cuerda heterótica” queda a gusto de cada cual. A mi modo de ver, tan colorida nomenclatura es digna sucesora de otras como “quark top” (del que, por cierto, hemos hablado aquí).

Aspectos como supersimetría, de la que hablaremos en el blog, son deseables en teoría de  cuerdas. Que supersimetría no se haya detectado en el CERN no supone el menor problema para la teoría: este efecto no tiene por qué notarse a las escalas de energía exploradas por el acelerador LHC. La única crítica seria hecha por Quirantes se refiere al llamado problema del landscape, del que también hablaremos. Aquí, efectivamente, mete el dedo en la llaga pues nadie excepto los entusiastas del multiverso saben muy bien cómo proceder. El convencimiento general es que el asunto acabará arreglándose sin necesariamente refutar la teoría de cuerdas, como en los casos que mencionábamos arriba.


Partículas elementales y sus compañeras supersimétrícas (izquierda). Representación del multiverso (derecha).



Ya hemos dicho en LA FÍSICA DEL GREL que el Modelo Estándar y la Relatividad General son las construcciones científicas, verificadas experimentalmente, más sofisticadas y precisas que el ser humano ha logrado hasta ahora (más detalles aquí). La teoría de cuerdas ha de englobar a las dos y, desde luego, las supera en elegancia y sofisticación. Se ha dicho que la teoría de cuerdas es ciencia del siglo XXI con la que los físicos se toparon en el XX. En este sentido, la teoría de cuerdas es como el museo Guggenheim de Bilbao: un soberbio edificio del siglo XXI levantado, realmente, en el XX. A uno le puede causar cierto desasosiego las líneas futuristas del edificio, y en un arrebato clasicista podría secretamente desear que se pareciera más, por ejemplo, al renacentista palacio de Carlos V en Granada. Sea lo que sea la teoría de cuerdas, es sin duda un bello edificio en construcción que solo en el futuro podemos aspirar a admirar en su totalidad. En ningún caso se trata del edificio ruinoso que a Quirantes se le antoja.

Como científicos del siglo XXI, nos corresponde desarrollar, entender y extraer consecuencias de la teoría de cuerdas. Ya hemos contado aquí cómo la teoría de cuerdas fue crucial para obtener una descripción microscópica de la entropía de agujeros negros. Como contaremos en sucesivos posts, las contribuciones de la teoría a aspectos en teoría cuántica de campos e incluso en terrenos tan alejados como matemática pura o física de la materia condensada son espectaculares.

A tenor del sobredimensionado eco mediático que acompañó a los críticos durante las Guerras de las cuerdas, podríamos decir que nunca en ningún conflicto científico tan pocos causaron tanto perjuicio a tantos. Aún desconocemos si la teoría de cuerdas tendrá la última palabra en una descripción más profunda de la naturaleza, o si algún bombazo científico al estilo de los atómicos de Hiroshima o Nagasaki convulsionará la física, en el contexto de la teoría de cuerdas o, no lo creo, fuera de ella. En todo caso, el "espacio aéreo" de la física teórica de alta energía sigue dominado, por méritos propios, por la teoría de cuerdas. Tenemos por delante pues el excitante cometido de explorar las consecuencias de una teoría que, ahora más que nunca, está viva y coleando.

Texto de Oscar Varela.